The life of the other. Las emociones de la máscara

Amador detalle

HENRIQUE G. FACURIELLA
El mundo está lleno de otros. El otro es aquel que no soy yo, pero también aquel que no es como yo. Por eso, junto a la idea de «otredad», se revela, en su reverso, la idea de identidad: ¿quién soy yo? La historia, el arte y la psicología testifican que, entre las respuestas posibles, se encuentra aquella que dice que yo soy (el) otro, lo que supone, atendiendo a la proposición inicial, que yo no sería yo. Llegaríamos, así, hasta la génesis –incluso etimológica– del concepto mismo de «persona» que, en latín, significa «máscara».

Esta es la idea que se encuentra detrás de The life of the other, el proyecto fotográfico que tiene ahora mismo entre manos Fernando Bayona (Jaen, 1980) y del que ya ha presentado las tres primeras imágenes (de un total de dieciséis). Para esta serie –que el artista define como una  investigación a medio camino entre fotografía documental y escenificada– Bayona ha puesto delante de la cámara a tres colectivos que usan su cuerpo como herramienta de trabajo: stripper, actores porno y chaperos.

La exposición permanente del propio cuerpo hace que estos trabajadores creen un personaje, una identidad-máscara, con la que se presentan ante sus clientes-consumidores. ¿Quién es, entonces, el yo que crea y da vida a ese personaje? Esto es lo que trata de desentrañar Bayona. Para lograrlo, antes de cada sesión de fotos, se ha entrevistado con los personajes, ha hablado con ellos, ha entrado en lo que podríamos llamar la trastienda del negocio, allí donde se quitan la máscara y, en sentido estricto, viven.

Solo después de haber conocido su historia, sus sentimientos, sus motivaciones, es cuando Fernando compone la escena y coloca en ella a los personajes que, de nuevo en un juego de máscaras, se mezclarán en cada situación con actores profesionales para recrear, juntos, las vivencias de los primeros. Se produce, entonces, una doble ficción: por un lado, el personaje que cada uno de los protagonistas crea como profesional –y que lo protege de la sociedad– y, por otro, el que han de interpretar en la toma fotográfica dentro del proyecto. Ello genera en el espectador la duda permanente sobre quién de ellos es el real y quién el intérprete.

Sin embargo, este doble juego pasa a un segundo plano cuando uno se coloca delante de las imágenes. Ya no importa quién encarne a los personajes porque en lo que nos cuenta Bayona hay verdad. Verdad desnuda, sin trampas ni artificios estéticos. La verdad de unos seres humanos que sienten y padecen, que han sufrido el abandono o que conviven cada día con la enfermedad y el estigma.

Estéticamente, Fernando recupera la economía de recursos que ya había empleado en Milkabouts, su primera serie, después de varios trabajos de ambientación barroca –como Once upon a time, Long long time ago… o Hidden cycle–, pero sin la inocencia/candidez de aquel primer proyecto. A pesar del tema que tratan, tampoco se encuentran en estas imágenes atisbos de provocación –como podía ocurrir en el caso de Circus Christi–. Puede decirse que, con The life of the other, Fernando Bayona ha entrado en la madurez creativa.

Nunca me ha parecido Fernando una persona temerosa –ha tenido oportunidades de demostrar su valentía en los últimos años– pero en este trabajo da un paso más y mira de frente –a través de las vivencias de sus personajes– a temas que, para la mayoría, son difíciles de afrontar sin poner mucha profilaxis: el deseo reprimido, los problemas afectivos, la inmigración, las prácticas sexuales no convencionales, la enfermedad, la soledad, el estigma social o la doble moral. Temas, todos ellos, que la mayoría bienpensante colocamos en el territorio de los otros.

Sin embargo, y no sin resistencia por nuestra parte, Bayona se atreve –y lo consigue, he ahí su audacia y su virtud– a meternos en la vida y hacernos convivir –aunque sea durante unos momentos– con personas que tratan todos los días con aquello que nosotros preferimos no mencionar siquiera.

En este sentido, tan relevantes como las composiciones finales son los retratos que Fernando ha hecho de cada uno de los personajes. Si aquellas nos proporcionan la historia y su contexto, en los retratos entramos en las emociones de sus protagonistas. Así, resulta casi imposible no identificarse –salvando todas las distancias– con Amador mientras espera, apoyado en el tabique medianero, a que su novio termine de atender a un cliente; o no ser partícipe del abatimiento que trasluce la cara del padre en «The expected meeting» inmediatamente después de ver por primera vez a su hijo.

Como decíamos, importa poco que el padre sea interpretado por el actor Carlos Álvarez Novoa, que en la vida real el chapero sea Amador y no su novio (tal vez ninguno de ellos, sino el cliente a quien no vemos la cara), o que uno de los actores porno gay más importantes de Europa encarne al stripper a quien su pareja acaba de comunicar el resultado positivo de un test de VIH. Lo valioso de estas imágenes de Bayona es su capacidad para revolver en las emociones, para traspasar la máscara que cada uno se pone ante sí mismo y plantear abiertamente la pregunta que no nos atrevemos a hacernos: ¿y si yo fuera el otro?

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