Monasterio de Santa María de la Vega: No murió, se escondió sólamente

Ocho siglos y medio después La Vega sigue estando junto a un camino que lleva al mar, en el mismo enclave donde se instalaron sus primeras moradoras lideradas por Gontrodo Petri, quien administró las propiedades cedidas por el rey Alfonso VII (1105-1157), apodado el Emperador tras su coronación en León. De la relación entre el monarca y la noble allerana nació la recordada reina Urraca La Asturiana y como compensación le fueron entregados a su madre los terrenos en los que se asentó el cenobio en el siglo XII, en un tiempo cercano al de la renovación de la Cámara Santa, obra capital que en 2012 afronta obras de restauración.
En Oviedo hubo, por tanto, durante muchos siglos dos abadesas de la misma orden, una intramuros (San Pelayo) y otra extramuros (Santa María de La Vega). Este último monasterio, adscrito, como San Pelayo, a la Orden contemplativa de San Benito –fundamentada en la oración y el trabajo–, fue incorporado por Gontrodo y su entorno a la rígida corriente marcada por la poderosa Abadía de Fontevraud, constituida por Robert d’ Arbrissel. Esto prueba una vez más la particular querencia del círculo de poder ovetense por lo francés a lo largo de distintos momentos del pleno y tardío Medievo, tal y como han demostrado numerosos investigadores en los últimos años.

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