Patrimonio de conveniencia

Edificio de Santiago Calatrava en Uviéu.

MANUEL GARCÍA
El matrimonio de conveniencia ha sido una constante recurrente a lo largo de la Historia y de las historias; aunque no figure en las definiciones de los diccionarios, la conveniencia siempre ha acompañado al matrimonio. Ha sido utilizado por los más poderosos y por los más humildes, por cuestiones muy elevadas y por otras de mera supervivencia; desde siempre ha servido para unir dos voluntades ajenas a lo que se supone la esencia de ese compromiso. Esta conveniencia ha introducido lo más prosaico en lo que, en teoría, se entiende como la concepción más romántica de la vida. Tal vez podría considerarse esta conveniencia como una perversión o un uso torticero de una institución presente en casi todas las sociedades.

Este tipo de uniones han tenido fines tan dispares como las mismas circunstancias que habían concurrido en su arreglo, al fin y al cabo se trata de matrimonios «arreglados». En algunos casos han resultado exitoso, y, al margen de los afectos entre las personas, han unido voluntades e incluso naciones, han cambiado cursos completos de los acontecimientos, en ocasiones durante una decena de años y otras veces de forma permanente. En otros casos han resultado tan desastrosos como la propia desviación del propósito para el que en teoría se concibe el matrimonio y, al final, las propias miserias de cada uno han sido más fuertes que las necesidades que provocaron la conveniencia. Una reflexión final sobre la propia palabra, matrimonio, sobre lo matriarcal, sobre la madre.

Un simple cambio de una letra nos lleva a patrimonio, que podría ser un opuesto al matrimonio, asociado al padre, al patriarcado; la primera definición que figura en el diccionario para esta palabra es el conjunto de propiedades que uno recibe de sus antepasados, la herencia.

Pues el Patrimonio, con P mayúscula, lo que hemos recibido de nuestros antecesores, el conjunto de producciones artísticas, de edificios, pinturas, esculturas… siempre (al menos en España) ha tenido que recurrir al matrimonio de conveniencia para sobrevivir, más bien para mal sobrevivir, simplemente para subsistir de manera precaria y triste, soportando infidelidades, engaños, comportamiento cruel, desdeños, desprecios públicos… Nuestro patrimonio ha tenido muy mala suerte siempre y nunca ha conseguido un matrimonio libre.

Foncalda. Fotografía: B. Alto.La conveniencia se basa en el acuerdo entre dos partes y, en el fondo, nuestro patrimonio es un buen partido, uno de sus apellidos es «de la Humanidad». España ocupa el segundo puesto mundial en bienes culturales declarados por la UNESCO con ese nombre. Nuestro Patrimonio es grande, bello y muy valioso, de rancio abolengo; por eso, siempre hay algún interesado que lo corteja, casi siempre con fines inconfesables y ruines.

Los pretendientes al patrimonio de conveniencia renuevan su interés periódicamente, las citas electorales y la redacción de los programas de los partidos políticos hacen que aparezcan como setas a comienzos de otoño. Pero tampoco son los únicos, ni cabe considerar que sean los políticos los que se caractericen por considerar al patrimonio como una opción de conveniencia para medrar o para conseguir fines aviesos; la sociedad en su conjunto manifiesta una memoria tan olvidadiza como selectiva en este campo, y el patrimonio de cada lugar solo adquiere valor para muchos cuando existen visitas de gente lejana a la que mostrárselo. El resto del año, nuestro patrimonio es una herencia pesada y llena de achaques, que necesita demasiadas atenciones y demasiada inversión y, aunque no se diga en público, es demasiado vieja.

Como en muchos campos, en este la visión española se caracteriza por las miras cortas, incapaces de valorar todo lo que poseemos, de obtener provecho –entre otros, económico–, además de la íntima satisfacción de hacer bien las cosas. A ello también contribuye la existencia de los integristas que han conseguido imponer como válida su visión estática e inmovilista del uso y conservación del patrimonio, y en la que cualquier intervención de nuestro tiempo (que es el que vivimos, no se ha parado en el siglo XIX) se considera sacrílega y provoca los rasgados de vestiduras (tan falsos como escandalosos).

Hasta hace tiempo, este matrimonio de conveniencia mantenía las apariencias, aunque, desde luego, no existía el amor, pero permitía que ambas partes obtuvieran el provecho común que se suponía debía existir. Pero un espejismo de bonanza económica llevó a una de las partes a lo de siempre: amantes jóvenes y exuberantes, con formas escandalosas, de comportamiento vulgar, carentes de gusto y saber estar. El fruto de estos amoríos fueron obras de pretendidos arquitectos estrella. El Patrimonio, como siempre, siguió malviviendo, arrinconado, escaso de presupuesto y sin presencia alguna en la sociedad, excepto cuando sufría algún achaque importante y alguna de sus joyas se derrumbaba parcialmente.

Yo vivo en una ciudad en la que habitan elementos considerados Patrimonio de la Humanidad –soy afortunado–, y en la que también llegó hace un tiempo una de esas amantes, abandonada ya, falta del enorme caudal de dinero que necesita para mantener el aspecto llamativo que debe lucir.

La triste situación actual de este país puede llegar a la desesperación cuando se considera los desproporcionados recursos, de tiempo y de dinero, invertidos en operaciones tan carentes de sentido como de criterio y que, ahora, son tan inútiles como estúpidas. Hay veces que, al mirar este monstruo, vecino mío, con sus fauces caídas –unas fauces que jamás fue capaz de abrir por mal diseño y carencia de una buena ejecución–, tengo la necesidad de darle la espalda a ese monumento a la estulticia y buscar el respiro en la parte abierta de ese espacio, pero… a veces parece que en ese único lado libre se está levantando un muro inmaterial, con una diminuta puerta sobre la que una mano siniestra está escribiendo un macabro «El mercado os hará libres».

El Patrimonio ya está desencantado, los engaños y desprecios han sido tan numerosos como escandalosos, rozando lo pornográfico. Muchas veces se le ve en compañía de la única que en este miope país ha sufrido tantos desplantes y se valora tan poco como él: la Ciencia. El Patrimonio y la Ciencia caminan solos y humillados, cercanos a la inanición, y resulta muy triste porque son el futuro de cualquier sociedad que no tenga esta mentalidad triunfante de nuevo rico.

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